Hacia una sexualidad sin culpa.
En los últimos años, el “satisfyer” (y otros juguetes similares) se ha convertido en un símbolo mediático del placer femenino. Ha abierto debates, ha generado curiosidad, y también ciertas resistencias. Y es que como, como cualquier asunto que nos ocupa como humanas, tiene múltiples aristas que nos llevan a la necesidad de tener una visión crítica con el asunto.
En la práctica profesional encontramos que en muchos espacios de formación o terapia sexual, especialmente cuando se habla de parejas heterosexuales, surge una importante tensión: algunos hombres vivencian el uso del instrumento por parte de sus parejas como un sustituto —una amenaza a su papel sexual— mientras que otros, e incluso muchos profesionales, tratan de presentarlo como un complemento a la vida sexual en pareja. Sin embargo, en esa conversación muchas veces falta algo esencial y que debe ser el punto de partida: el derecho de las mujeres a tener un espacio propio de placer, autónomo y autoerótico, que no dependa de si se comparte o no con una pareja.
El satisfyer no es un “sustituto del pene” ni un accesorio para “mejorar la pareja”. Es, ante todo, una herramienta de autoconocimiento corporal. En la terapia sexual, antes de centrarse en “la relación”, es importante que la mujer pueda reconocer y explorar su cuerpo sin intermediarios, sin la mirada del otro, sin la expectativa de complacer, y sin culpa. Sólo desde esa experiencia íntima, libre de exigencias externas, puede construirse una sexualidad compartida más igualitaria, más auténtica y más placentera.
Esto es así porque el placer femenino ha sido históricamente silenciado, controlado o instrumentalizado. Se nos ha enseñado a desear en función del otro, a “estar disponibles”, a cuidar y sostener el deseo ajeno. Por eso, reivindicar el derecho al placer autoerótico —con o sin satisfyer— no es un simple gesto de consumo sexual, sino un acto político y de empoderamiento: es decir “mi cuerpo me pertenece”, “tengo derecho a sentir sin justificarlo”.
Cuando una mujer trabaja su sexualidad desde la autonomía, aparecen nuevos matices: conoce sus ritmos, sus sensaciones, su manera de excitarse, lo que le gusta y lo que no. Desde ahí puede comunicar mejor, poner límites, pedir, disfrutar sin miedo. Y eso transforma, de forma profunda, también la relación con la pareja. Por eso, en terapia, primero se trabaja el vínculo con una misma, y después (si se desea) el encuentro con el otro. No al revés.
Conviene señalar que hablar de autoerotismo no es hablar de soledad, sino de propiedad sobre el propio placer. Que una mujer use un Satisfyer no implica sustituir nada, sino recuperar una parte que durante siglos le fue arrebatada. No es una amenaza al vínculo, sino una afirmación de que el deseo femenino tiene un espacio propio, legítimo y necesario.
Durante generaciones, se nos ha enseñado que el placer “válido” es el que se comparte, que el deseo encuentra su sentido solo dentro de la pareja y que la sexualidad individual es algo secundario, casi vergonzante. La cultura ha asociado el placer en solitario —el onanismo— con la carencia o el fracaso, mientras ha glorificado el placer vinculado al éxito romántico o sexual con otro. Pero el autoerotismo no es un síntoma de falta, sino una expresión de autonomía y bienestar: es poder disfrutar del propio cuerpo sin necesitar validación externa.
Y quizá esa sea la verdadera revolución sexual pendiente: que las mujeres puedan explorar su placer sin culpa, sin permiso y sin tener que justificarlo como “complemento” de nada.
Pese a todo lo anterior, esta exploración no deja de poder ser complementaria con una terapia sexual o con la vida en pareja: se puede usar el satisfyer como parte del propio proceso de autoconocimiento, y luego integrar con la pareja si se desea. Pero primero está la mujer, su cuerpo y su derecho a esos espacios.
A día de hoy, la información sobre los posibles efectos del uso continuado de vibradores sigue siendo parcial y algo confusa. Algunos estudios y artículos señalan cierta preocupación ante la posibilidad de que una estimulación muy intensa o casi exclusiva pueda provocar una sensación de insensibilización temporal en la zona genital, algo parecido a un entumecimiento nervioso transitorio (Peech, Goop). Sin embargo, los análisis más rigurosos coinciden en que no existen evidencias sólidas de que esa pérdida de sensibilidad sea permanente: como señala Scarleteen, no hay datos que indiquen que las vibraciones alteren de forma duradera la anatomía o la respuesta sexual.
Por el contrario, investigaciones más recientes apuntan incluso a efectos beneficiosos: el uso regular de vibradores se ha asociado con mejoras en el deseo, la excitación, la facilidad para alcanzar el orgasmo, la satisfacción sexual y, en algunos casos, con una mejor función del suelo pélvico (PMC).
En cuanto al fenómeno del entumecimiento temporal, se explica porque la vibración prolongada estimula las terminaciones nerviosas superficiales, lo que puede dejar la zona algo menos sensible durante un tiempo, del mismo modo que sucede cuando sostenemos un objeto vibrante o una herramienta eléctrica durante mucho rato (Peech).
Por todo ello, la recomendación general es variar los tipos de estimulación: alternar el uso de juguetes con estimulación manual o compartida, respetar descansos si se percibe adormecimiento y no depender exclusivamente de un único modo o ritmo. De esta forma, se favorece el cuidado de la sensibilidad, la salud sexual y la diversidad erótica.
Por lo tanto, el uso del satisfyer y otros estimuladores—cuando es bien informado, con autonomía, sin culpa, y desde la exploración personal— puede ser una parte potente de la terapia sexual y de la liberación del deseo. Pero hay que tener en cuenta que no sustituye el trabajo terapéutico (ni personal ni de pareja), y que no es mágico: cada cuerpo es único, y su sensibilidad también.
Además, reconocer que la estimulación mecánica tiene sus límites y riesgos—y como todo instrumento, hay que saber usarlo con consciencia— añade profundidad, conciencia y cuidado al proceso.
En definitiva, el verdadero cambio no está en el uso de aparatos de estimulación sexual femenina, sino en que las mujeres puedan explorar su placer sin culpa, sin permiso y sin tener que justificarlo como “complemento” de nada.
