El arte de poner límites con ternura.
Laura está jubilada. Cobra una pensión media que apenas le alcanza para vivir con tranquilidad, pero se las apaña. Ha aprendido a medir los gastos, a comparar precios en el supermercado, a estirar el dinero con cuidado. Esa tarde, mientras repasa los recibos en la mesa del salón, suena el teléfono: es su hijo.
—“Mamá, ¿podrías dejarme algo de dinero? Me ha venido un gasto del niño y este mes no llego. Te lo devuelvo en cuanto cobre.”
Laura se queda en silencio unos segundos. Sabe que su hijo lo está pasando mal, que el trabajo no le da para mucho y que la vida está cara. Pero también sabe que ella misma anda justa, que si le presta ese dinero tendrá que ajustar aún más lo poco que tiene. Le duele decir que no, como si negarse a ayudar significara quererlo menos.
“Es solo este mes”, piensa, “ya me apañaré”. ¿Qué clase de madre soy si no ayudo a mis hijos? Y sin pensarlo demasiado, hace la transferencia.
Cuando cuelga, la casa se queda en silencio. Mira el extracto del banco y siente un nudo en el pecho. No se arrepiente de haber ayudado —es su hijo, y lo haría mil veces—, pero sí de haberlo hecho sin escucharse. Le pesa el gesto, no por el dinero, sino por la sensación de haberse borrado un poco a sí misma.
En los últimos años se habla cada vez más de asertividad como una habilidad esencial para mejorar la comunicación, cuidar los vínculos y fortalecer la autoestima. Aparece en talleres, en redes sociales y en terapia como una meta deseable: “tienes que aprender a tener más asertividad”. Sin embargo, muchas veces el concepto se queda en la superficie o se malinterpreta. A menudo se confunde con ser amable, educado o con saber “decir las cosas bien” para que nadie se moleste. Pero la asertividad no es una forma más refinada de agradar ni un disfraz de cortesía: es una manera de situarse en el mundo desde la autenticidad y el respeto mutuo.
Ser asertiva implica poder expresar con claridad lo que sentimos, necesitamos o pensamos, incluso cuando eso puede incomodar a otra persona. No se trata de hablar más fuerte ni de imponerse, sino de hablar desde un lugar más verdadero. Significa atrevernos a ocupar espacio, a nombrar lo que nos duele o nos molesta, a decir “no” sin sentir culpa ni miedo. En esencia, ser asertivo es atreverse a existir sin pedir permiso.
La asertividad es una forma de respeto, sí, pero empieza por el respeto hacia una misma, hacia quien somos. Reconocer que nuestras necesidades son tan legítimas como las de las demás nos permite establecer relaciones más honestas y equilibradas. Ser asertivo es poder sostener una conversación difícil sin disfrazar lo que pensamos para no generar conflicto. Es comunicarnos desde la coherencia, incluso cuando eso implica aceptar que no todo el mundo estará de acuerdo con nosotras o nosotros.
Cuando confundimos asertividad con complacencia, lo que suele haber debajo es miedo: miedo a ser rechazadas, a decepcionar, a perder el cariño o la aprobación ajena. En lugar de poner sobre la mesa lo que realmente queremos, terminamos adaptándonos a las expectativas del entorno. Decimos que sí cuando en realidad queremos decir no. Fingimos que algo no nos molesta para evitar tensión. O asumimos responsabilidades que no nos corresponden porque hemos aprendido que “las buenas personas” ayudan, entienden y no se quejan.
Aplicando la perspectiva de género, esta confusión tampoco es casual. Vivimos en una cultura que sigue premiando la complacencia y penalizando la firmeza, sobretodo en las mujeres (véase investigaciones al final del artículo)*. Se espera que mantengamos la armonía, incluso a costa del propio bienestar. Muchas personas socializadas en roles de cuidado, han aprendido que el afecto se gana a través de la entrega y la adaptación. Por eso, cuando intentamos practicar la asertividad, aparece con frecuencia una sensación de culpa. Esa voz interior que dice “estás siendo egoísta”, “vas a decepcionar”, “no deberías ser tan tajante”. Pero la culpa, en muchos casos, no señala un error: simplemente indica que estamos cruzando una frontera nueva, saliendo del hábito de complacer para entrar en el ejercicio del autocuidado y la autenticidad.
Para poder ser verdaderamente asertivas, necesitamos reaprender a preguntarnos qué queremos. No qué espera la otra persona, ni qué sería más fácil, sino qué deseamos, qué necesitamos cuidar, qué nos hace bien. La asertividad se vacía de sentido si no parte de esa escucha interna. No podemos comunicar con firmeza lo que no hemos identificado previamente dentro de nosotras. Ser una persona asertiva no consiste solo en hablar: consiste en hablar desde un lugar en el que ya nos hemos escuchado.
También es importante recordar que la asertividad no es solo una práctica individual, sino una postura colectiva. Aprender a poner límites personales nos ayuda a sostener mejor los vínculos y a cuidar desde un lugar más honesto y equilibrado. Cuando decimos “no” a lo que nos sobrepasa, estamos diciendo “sí” a la calidad de los cuidados que sí podemos ofrecer. Ser asertivo también es reconocer que me cuido para cuidar mejor, que un “nosotros” sano necesita de personas que sepan escucharse, respetarse y nombrar sus propios límites. Porque la asertividad, en el fondo, no separa: ordena. Permite que el cuidado sea recíproco y no se transforme en sacrificio.
Aún vienen a mi cabeza las palabras de quien me enseñó que «un límite es un regalo que hacemos al otro».
Aprender a ser asertivo lleva tiempo. Requiere práctica, paciencia y mucha compasión con una misma persona. A veces no sabremos cómo decirlo. O diremos algo y luego nos sentiremos culpables. Pero cada intento cuenta.
Cada vez que nos detenemos antes de responder para preguntarnos “¿qué quiero yo?”, estamos fortaleciendo nuestra voz interior.
Cada vez que nos atrevemos a hablar desde ese lugar, estamos construyendo relaciones más honestas con nosotras, nosotros y con las demás personas.
Para Laura, la asertividad, no habría significado dar la espalda a su hijo, sino poder decir con serenidad:
—“Hijo, este mes no puedo ayudarte con dinero, pero puedo acompañarte a buscar otra solución y ofrecerte otro tipo de ayuda.”
Te dejamos un ejercicio para que te ayude a reflexionar sobre el uso de la asertividad en tu vida cotidiana:
BIBLIOGRAFÍA
Brewer, N., Mitchell, P. & Weber, N. (2002). Gender role, organizational status, and conflict-management styles. International Journal of Conflict Management, 13(1), 78-94. Esta investigación evidencia que personas con rol de género “femenino” tienden a usar más estilos de evitación u obligancia (“yielding”) en conflictos. researchnow.flinders.edu.au+2communicationcache.com+2
Davis, M. H. (2010). Gender differences in responding to conflict in the workplace. Sex Roles, 63, 500-514. Este estudio muestra que las mujeres fueron valoradas como más propensas a comportamientos pasivos o de acomodación ante el conflicto, en comparación con los hombres. ksoakes.expressions.syr.edu
Bordean, O. N., Rácz, D. S., Ceptureanu, S. I., Ceptureanu, E. G. & Pop, Z. C. (2020). Gender diversity and the choice of conflict management styles in small and medium-sized enterprises. Sustainability, 12(17), 7136. En este estudio, si bien el sexo biológico no se correlacionó directamente con el estilo de gestión del conflicto, el rol de género (que contiene la complacencia/evitación) sí predijo mayor uso de estilos evitativos. MDPI
Alonso-Ferres, M. (2019). Couple conflict-facing responses from a gender perspective. Psicología, … Este trabajo analiza cómo, en parejas, las mujeres respondieron con mayor expresividad y lealtad al conflicto, lo que indirectamente puede relacionarse con la tendencia a priorizar la relación por sobre la confrontación. journals.copmadrid.org
“When accommodating during workplace conflict is destructive” (2025). Journal of Management Practice/Workplace Conflict (en prensa). Indica que hay un sesgo de género según el cual se espera que las mujeres “acomoden” más sus posturas en situaciones de conflicto laboral, lo que refuerza el patrón de complacencia. emerald.com
