(Texto elaborado la compañera Pepa Calle a partir del ensayo «Usos de la erótica: lo erótico como poder», Audre Lorde. 1978)
Éramos semillas en tierra estéril.
Obedientes, trabajando, aceptando con sonrisas prestadas lo que otros decidían por nosotras. Hasta que recordamos una palabra ancestral tergiversada a lo largo de los siglos: lo erótico.
No era susurro vergonzante ni mercancía del vacío; era el latido de la tierra cuando plantamos juntas, la energía que circula al compartir pan e historias, el temblor gozoso de reconocernos en otros ojos.
Aprendimos a preguntar no qué es productivo sino qué nos hace humanas, qué nos teje comunidad.
Y la respuesta creció en huertos comunitarios, en redes de cuidado, en reuniones donde todas las voces encontraban su eco.
Este poder que los viejos sistemas temían se volvió cimiento de lo nuevo.
Transformamos antiguas rabias silenciadas en escuelas donde sentir no diera miedo, en sistemas donde el valor es la vida, no el dinero ni lo rentable.
Cada abrazo, un acto político.
Cada comida compartida, una revolución.
Cada jardín donde juegan niños, un territorio liberado.
Ahora somos semillas germinando, rumor que se hace torrente tejiendo una trama indestructible con hilos de ternura y resistencia.
Cuando amanece, no cumplimos; construimos un mundo amable donde lo erótico es savia, es brújula, es la medida exacta entre lo que oprime y lo que acoge, entre lo que destruye y lo que crea vida.
Ya no esperamos el futuro, lo gestamos.
Latido a latido,
abrazo a abrazo,
comunidad que nace.