Cómo liberarte del mandato de gustar.
¿Qué son los Códigos de la Bondad?
El término “Códigos de la Bondad” hace referencia a un conjunto de normas sociales y culturales que dictan cómo debe comportarse una mujer “buena” para ser aceptada. Son mandatos de género que premian la amabilidad, la sumisión, la complacencia, la disponibilidad emocional y física hacia los demás.
Aceptar los Códigos de la Bondad —ser complaciente, cuidar siempre, no enfadarse, ser atractiva, no molestar— puede parecer una forma de adaptación, pero en realidad actúa como una herramienta de control social, que limita la autonomía y mantiene la desigualdad. Romper con ellos no es una falta de bondad: es una forma de libertad.
CÓDIGO DE LA BONDAD I : MUJER FRENTE AL ESPEJO
La película La Sustancia, dirigida por Coralie Fargeat, emerge como una metáfora visceral de todo ese proceso. En ella, una estrella en declive recurre a una droga clandestina que fabrica una versión más joven de sí misma, solo para descubrir que el espejo no devuelve libertad sino exigencia. El horror corporal del filme —su transformación extrema, su deformación, su ironía sobre la “versión perfecta”— se convierte en una denuncia de cómo la cultura contemporánea considera que la imagen debe ser renovada, depurada, optimizada

Esta mirada cinematográfica nos ayuda a entender que cuando aprendemos a mirarnos solo para gustar, el espejo se convierte en juez y no en aliado. Que el “yo” que vemos no es solo reflejo, sino mandato. Y que el deseo de “verse mejor” puede derivar en la pérdida de lo que nos hace únicas. Así, situamos la experiencia personal —mirarse, compararse, corregirse— en un marco más amplio: el de una sociedad que comercializa la juventud, estetiza la imperfección y convierte el cuerpo en proyecto infinito.
Con esa película como telón de fondo, podemos adentrarnos en los llamados Códigos de la Bondad: esos mandatos que dictan que una mujer debe ser antes que estar, debe verse antes que sentirse, debe gustar antes que existir.
Desde niñas aprendemos que nuestra imagen tiene un valor social. Se nos enseña que debemos gustar, ser agradables, estar “presentables”. A veces ni siquiera hace falta que alguien lo diga: basta observar cómo se celebra a las niñas “bonitas” y se corrige a las que “no se arreglan”. Poco a poco, muchas mujeres interiorizan que su cuerpo no les pertenece del todo, que existe para ser mirado, aprobado o juzgado.
Esa mirada ajena —la que describe John Berger en Modos de ver— no solo condiciona cómo nos perciben los demás, sino también cómo nos percibimos nosotras mismas. En palabras de Naomi Wolf, “el mito de la belleza” actúa como la nueva forma de control sobre las mujeres: cuando ganamos derechos y voz, se refuerza la exigencia estética como manera de mantenernos ocupadas, comparándonos, corrigiéndonos, compitiendo.
La psicología feminista lleva años señalando que el malestar con el cuerpo no es un problema individual, sino un reflejo de un sistema que nos enseña a querernos solo si cumplimos ciertos ideales imposibles. De ahí que recuperar una mirada propia —una relación amable y consciente con el cuerpo— sea un acto de resistencia.
¿Cómo reconocer este mandato?
Antes de intentar cambiar algo, es necesario reconocer su presencia en nosotras. Muchas veces estos mandatos no se presentan como reglas impuestas, sino como pensamientos cotidianos que hemos normalizado: una comparación frente al espejo, la incomodidad al ver una foto, la sensación de culpa por no “cuidarse” lo suficiente.
El “Código de la Bondad” actúa de manera silenciosa, disfrazado de buenos consejos, de “autoestima” o de “amor propio” mal entendido. Pero en realidad, sigue transmitiendo la misma idea de fondo: que nuestro valor depende de cómo nos ven los otros.
Te invito a detenerte un momento y pensar:
- ¿Cuántas veces has sentido que debías verte mejor para ser suficiente?
- ¿Cuántas veces has evitado salir en una foto o mirarte al espejo porque no te gustaba lo que veías?
- ¿Cuántas veces te has comparado con otras mujeres sintiendo que estabas en desventaja?
Reconocer el impacto de este mandato es el primer paso para poder liberarnos de él. Porque solo cuando lo vemos con claridad podemos empezar a desobedecerlo.
A partir de la idea de que una mujer atractiva aumenta su valor, surgen numerosas consecuencias negativas, muchas de las cuales quizás te resulten familiares.
Te invito a leerlas despacio y observar si alguna de ellas resuena contigo, si reconoces gestos, pensamientos o emociones que forman parte de tu día a día. No para juzgarte, sino para entender de dónde vienen y cómo este mandato ha ido moldeando tu relación con tu cuerpo y contigo misma:
- La mujer se vuelve esclava de su imagen.
- Se siente incómoda frente al espejo.
- Es valorada por quienes reproducen el rol tradicional femenino, subordinado.
- Siente frustración y vacío cuando no alcanza el ideal.
- Desarrolla rechazo hacia su cuerpo y, con ello, hacia sí misma.
- Su autoestima depende de su aspecto físico.
- Entra en competencia con otras mujeres.
- Vive inseguridad en sus relaciones afectivas.
- Le cuesta sentirse orgullosa del paso del tiempo y de la sabiduría adquirida.
- Llega a pensar que sus fracasos se deben exclusivamente a su imagen corporal.
- Si se vuelve muy exigente con su cuerpo, deja de disfrutarlo: lo usa solo como herramienta para “conseguir” cosas.
Y si al leerlo te has sentido identificada con alguna de estas situaciones, no estás sola. No es un fallo personal, sino el resultado de un modelo cultural que nos enseñó a mirarnos con exigencia en lugar de con ternura. Lo que empieza como una búsqueda de aprobación acaba siendo una forma de alejarnos de nosotras mismas.
Hoy, estos mandatos siguen presentes, pero se han reconfigurado. En los discursos misóginos del entorno incel o en ciertos foros de redes sociales, se habla del “valor de la mujer” como si fuera una moneda de cambio: belleza, juventud, pureza. Un lenguaje que cuantifica el cuerpo femenino y lo coloca en un mercado simbólico donde se compite por validación y deseo. Este tipo de narrativas no solo perpetúan la cosificación, sino que refuerzan la idea de que una mujer “pierde valor” cuando envejece, gana peso o deja de ser deseada. Combatir esta visión es una cuestión de salud mental: implica desmantelar la idea de que valemos por cómo nos ven y reconstruir la certeza de que valemos por existir, por sentir, por ser.
¿Cómo superar este mandato de género?
Liberarse de primer Código de la Bondad implica sustituirlo por un nuevo referente, una forma de socialización más libre y saludable, basada no en la aprobación externa, sino en la conexión con las propias necesidades y el bienestar personal.
Autoras como Carol Gilligan o Brené Brown proponen cambiar la mirada: pasar del deber ser al poder ser, de la culpa a la autenticidad, del miedo al juicio al valor de mostrarse imperfectas.
Algunas actitudes y ejercicios que ayudan en este camino son:
- Recordar que la satisfacción con la imagen corporal está profundamente ligada a la autoestima: trabajar el autodiálogo mejora la relación con el cuerpo.
- Cuestionar el hábito de la comparación constante con otras personas.
- Escuchar y respetar las sensaciones corporales (hambre, placer, fatiga).
- Valorar la salud por encima de la apariencia y recordar que el valor personal no depende del físico.
- Aceptar las propias limitaciones y defectos como parte de la humanidad compartida.
- Valorar el paso del tiempo como fuente de experiencia y sabiduría.
- Detectar las creencias erróneas sobre la imagen corporal y aprender a modificarlas.
- Crear un modelo de belleza propio, coherente con el bienestar mental y físico, más que con los mandatos sociales.
- Desarrollar una estética personal coherente, que refleje quién se es, no quién se debería ser.
- Si miras demasiado el espejo, reduce su uso; si lo evitas, atrévete a mirarte con ternura, no con juicio.
Te dejamos un ejercicio que puede ayudar a reconciliarte con tu cuerpo:
Bibliografía recomendada
- Berger, J. (1972). Modos de ver. Alianza Editorial.
- Beauvoir, S. de (1949). El segundo sexo. Cátedra.
- Wolf, N. (1990). El mito de la belleza. Vintage Español.
- Orbach, S. (1978). Los cuerpos de las mujeres. Paidós.
- Brown, B. (2012). El poder de la vulnerabilidad. Kairós.
