Miedo a conducir en mujeres: cuando dejamos de hacerlo
Quizá tengas el carnet desde hace años. Quizá incluso hubo una época en la que conducías con bastante normalidad: ibas a trabajar, hacías viajes, conducías por carretera y no necesitabas pensar demasiado en ello. Pero en algún momento empezaste a conducir menos. Primero porque alguien podía llevarte. Después porque tu pareja conducía mejor o tenía más experiencia. Más tarde porque te mudaste a una ciudad donde apenas utilizabas el coche, porque empezaste a trabajar desde casa, porque llegó la maternidad o porque simplemente pasó el tiempo. Y cuando quisiste volver a cogerlo, descubriste que ya no te sentías igual de segura.

Entonces aparece una frase que puede resultar muy familiar: «Es que ya no sé conducir».
Pero quizá sí sabes. Quizá lo que ha cambiado no es tu capacidad, sino tu práctica, tu confianza y la relación que tienes ahora con el volante.
El miedo a conducir no aparece únicamente antes de sacarte el carnet. También puede aparecer después de años conduciendo, cuando dejamos de hacerlo y poco a poco vamos perdiendo la familiaridad con algo que antes formaba parte de nuestra vida cotidiana. Y esto merece una mirada diferente, porque dejar de conducir no siempre es una decisión consciente. A veces vamos cediendo el volante poco a poco hasta que un día descubrimos que dependemos de otra persona para movernos.
De «yo conduzco» a «que conduzca él»
Hay algo de lo que hablamos poco cuando hablamos de miedo a conducir: las mujeres que ya tenían carnet, pero que han dejado de conducir.
No necesariamente porque hayan tenido un accidente ni porque exista un miedo enorme. A veces simplemente había alguien que conducía por ellas. Una pareja que decía «ya conduzco yo», un padre que se ofrecía a llevarlas, una amiga que tenía más práctica o una familia en la que, casi sin hablarlo, una persona terminaba ocupándose siempre del coche.
Y es comprensible. Si alguien conduce y tú puedes ir tranquila en el asiento del copiloto, ¿para qué vas a pasar el mal rato de conducir? Si aparca mejor, conoce las carreteras o tiene más experiencia, parece lógico dejarle el volante.
El problema aparece cuando una solución puntual se convierte en una distribución estable de las tareas y, con el tiempo, tú dejas de conducir. Porque cuanto menos conduces, menos práctica tienes; cuanto menos práctica tienes, más inseguridad aparece; y cuanto más insegura te sientes, más sentido parece tener que conduzca otra persona.
Así se puede construir una dependencia sin que nadie haya decidido conscientemente que quieres depender de otra persona para desplazarte.
Necesitamos hablar de las mujeres que dejaron de conducir
Por eso, cuando hablamos del miedo a conducir en mujeres, no deberíamos hablar únicamente de quienes tienen miedo antes de sacarse el carnet. También necesitamos hablar de las mujeres que lo obtuvieron, condujeron durante un tiempo y después fueron dejando de hacerlo.
Mujeres que hoy tienen carnet pero no conducen. Mujeres que dicen «hace diez años que no cojo el coche». Mujeres que solo conducen si alguien va al lado. Mujeres que sienten que necesitan que su pareja les diga por dónde ir. Mujeres que conducen únicamente trayectos conocidos y evitan cualquier situación nueva. Mujeres que han acabado asumiendo que «ella no conduce» aunque en realidad sí sabe hacerlo.
Porque detrás de ese «yo no conduzco» puede haber muchas historias diferentes. Puede haber miedo. Puede haber falta de práctica. Puede haber una experiencia traumática. Puede haber una relación en la que otra persona terminó ocupando siempre ese lugar. Puede haber años de cuidados y responsabilidades que hicieron que el coche dejara de ser una prioridad. Puede haber simplemente una decisión personal.
Y no todas necesitan la misma respuesta.
No es solo una cuestión de confianza
Cuando una mujer deja de conducir durante mucho tiempo, es fácil interpretar lo que ocurre como un problema individual de inseguridad. «Tengo que confiar más en mí», «soy demasiado miedosa», «debería echarle valor».

Pero una mirada feminista nos invita a ampliar la pregunta: ¿Qué ha ocurrido durante todos esos años? ¿Quién conducía? ¿Quién se encargaba de los desplazamientos familiares? ¿Quién tenía más tiempo para practicar? ¿Quién tenía acceso al coche? ¿Quién tomó la decisión de que una persona condujera y la otra fuera de copiloto? ¿Qué mensajes hemos recibido sobre las mujeres al volante? ARTÍCULO CONDUCIR FEDERACIÓN MUJERES JÓVENES
Porque nuestras dificultades no aparecen de la nada. La confianza también se construye a partir de las oportunidades que tenemos para practicar, de los mensajes que recibimos y de las experiencias que acumulamos.
Desde pequeñas seguimos encontrándonos con estereotipos que relacionan la conducción con determinadas capacidades consideradas tradicionalmente masculinas: seguridad, orientación, capacidad técnica, rapidez para reaccionar o control. Las bromas sobre las mujeres conduciendo pueden parecer inofensivas, pero cuando creces escuchando que «las mujeres conducen peor», un error propio puede interpretarse de una manera muy diferente.
No significa que todas las mujeres interioricen estos mensajes ni que el género explique por sí solo el miedo a conducir. Significa que no podemos entender nuestra relación con la conducción sin tener en cuenta también el contexto social en el que hemos aprendido a movernos.
Cuando llevas años sin conducir, volver puede dar miedo
Dejar de conducir durante años tiene consecuencias muy concretas. Puedes recordar perfectamente cómo se conduce y, aun así, sentir que no tienes la misma soltura. Puede que ahora te cueste aparcar, que las incorporaciones te generen más tensión o que una carretera que antes hacías sin pensar se haya convertido en una fuente de ansiedad.
Y entonces aparece otra trampa: pensar que primero tienes que recuperar la confianza para volver a conducir.
Pero la confianza no suele funcionar así. Cuando dejamos de hacer algo que nos genera inseguridad, perdemos oportunidades para comprobar que podemos hacerlo. Por eso, recuperar la conducción puede requerir volver a practicar de manera progresiva, sin esperar a sentirnos completamente preparadas.
No se trata de lanzarte directamente a hacer un viaje largo o a conducir por una carretera que te aterroriza. Puedes empezar por un trayecto conocido, corto y manejable, repetirlo varias veces y aumentar poco a poco la dificultad. Lo importante es que vuelvas a tener experiencias en las que puedas comprobar que sabes conducir incluso aunque aparezcan nervios.
Una de las ideas que más puede ayudarte es dejar de plantear el objetivo como «perder el miedo».
Quizá no necesitas conseguir que desaparezca la ansiedad antes de conducir. Puedes aprender a conducir mientras estás nerviosa, siempre que el nivel de activación permita hacerlo de forma segura.
Puedes notar que tienes el corazón acelerado, sentir cierta tensión o pensar «¿y si me equivoco?» y continuar prestando atención a lo que estás haciendo. Puedes equivocarte de salida y buscar otra ruta. Puedes tardar más en aparcar. Puedes encontrarte con una situación que no esperabas y resolverla.
La cuestión no es demostrarte que nunca va a ocurrir nada. Conducir implica riesgos reales y por eso existen normas, formación y medidas de seguridad. La cuestión es aprender a diferenciar entre una situación que requiere una respuesta de seguridad y la ansiedad que aparece simplemente porque estás haciendo algo que llevabas mucho tiempo evitando.
Recuperar el volante no significa hacerlo todo sola
Y aquí hay algo especialmente importante desde una perspectiva feminista: recuperar la autonomía no significa tener que poder con todo tú sola. No queremos sustituir un mandato por otro. No se trata de pasar de «que conduzca él» a «tengo que ser una mujer independiente que conduce perfectamente, organiza todos los desplazamientos y no necesita a nadie».
La autonomía no consiste en no necesitar a otras personas. Consiste en poder elegir. Poder elegir si quieres conducir o no. Poder decidir si quieres que otra persona te lleve. Poder coger el coche cuando tú quieras. Poder compartir la conducción en una pareja sin que automáticamente recaiga sobre una de las personas. Poder decir «hoy conduzco yo» sin sentir que estás haciendo algo extraordinario.
Porque quizá el problema no sea que otra persona conduzca. El problema aparece cuando dejas de tener la posibilidad de conducir tú.
Volver a conducir también puede ser recuperar una parte de tu vida
A veces nos damos cuenta de cuánto hemos dejado de conducir cuando empezamos a pensar en todo lo que hemos dejado de hacer.
Ese viaje que nunca hiciste porque te daba miedo ir sola. Esa excursión a la que no fuiste porque nadie podía llevarte. Ese trabajo que quedaba demasiado lejos. Esa visita que dependía siempre de los horarios de otra persona. Y quizá entonces aparece algo más que el miedo. Aparece rabia. Porque te das cuenta de que has ido reduciendo tus posibilidades sin darte cuenta.
Recuperar el volante puede ser una forma de recuperar también esos espacios. No porque conducir sea la única forma de autonomía ni porque todas las mujeres tengan que conducir, sino porque tener la posibilidad de desplazarte por ti misma puede ampliar enormemente tus opciones.
Si quieres recuperar la conducción después de mucho tiempo, quizá el primer paso no sea subirte al coche y obligarte a hacer aquello que más miedo te da. Puede ser simplemente reconocer qué situaciones has dejado de hacer y cuáles te gustaría recuperar.
A partir de ahí puedes construir una especie de recorrido progresivo: empezar por trayectos conocidos, recuperar maniobras que ya no haces con tanta frecuencia, aumentar poco a poco el tiempo de conducción y enfrentarte después a situaciones que actualmente evitas. Si puedes hacerlo acompañada de alguien que te dé seguridad sin asumir el control por ti, puede ayudarte durante las primeras experiencias.
Y si la ansiedad es intensa, trabajar este proceso en terapia puede ser especialmente útil. No para convencerte de que tienes que conducir, sino para entender qué ha ocurrido, qué mantiene actualmente el miedo y cómo puedes recuperar progresivamente aquellas situaciones que quieres volver a hacer.
Una mujer conduciendo también es una cuestión política
Quizá por eso hablar de mujeres y conducción es hablar de algo más que de ansiedad. Porque poder movernos también es poder decidir. Decidir dónde vamos, cuándo nos marchamos, cuándo volvemos y qué lugares podemos habitar. Y aunque conducir no sea la única forma de conseguirlo, tener acceso a la movilidad puede marcar diferencias enormes en nuestra autonomía cotidiana.
Las mujeres hemos aprendido demasiadas veces a ocupar poco espacio, a esperar, a adaptarnos a los horarios de otras personas y a poner nuestras necesidades después. También hemos aprendido que hay cosas que «se les dan mejor a ellos» y que cuando nosotras tenemos miedo debemos retirarnos.
Por eso, recuperar el volante puede ser, para algunas mujeres, mucho más que volver a conducir.
Puede ser dejar de pedir que alguien nos lleve. Puede ser recuperar un trayecto que habíamos perdido. Puede ser volver a hacer planes sin comprobar primero quién puede acompañarnos. Puede ser ocupar una carretera, equivocarnos, aprender y seguir.
No necesitamos conducir para demostrar que somos libres. Pero sí necesitamos poder movernos por el mundo sin que el miedo, los estereotipos o la dependencia decidan por nosotras. Y quizá por eso, para algunas mujeres, volver a ponerse al volante sea también una pequeña forma de recuperar el espacio que nos pertenece.
Si quieres recuperar tu relación con la conducción
Si llevas tiempo sin conducir, si cada vez dependes más de otras personas para desplazarte o si el miedo está limitando cosas que quieres hacer, no tienes por qué enfrentarte a ello desde la exigencia. En Tu Refugio Feminista podemos acompañarte a comprender qué ha ocurrido y a recuperar progresivamente la confianza, teniendo en cuenta no solo la ansiedad, sino también tu historia, tus experiencias y el contexto en el que se ha construido tu relación con la conducción.
Porque quizá no se trata de aprender a conducir.
Quizá se trata de volver a sentir que puedes elegir si quieres hacerlo.CONTÁCTANOS