Comprender el malestar femenino desde la psicología
Decía Simone de Beauvoir que “no se nace mujer: se llega a serlo”. Esa frase, escrita hace más de setenta años, sigue siendo una puerta de entrada perfecta para entender el malestar que tantas mujeres sentimos hoy en día. Como cualquier ser humano, estamos atravesadas por nuestras circunstancias. No se trata solo de una cuestión biológica o individual, sino de un proceso social y emocional que moldea quiénes somos y qué esperamos de nosotras mismas. ¿Qué impacto tiene, en este marco, la socialización en el bienestar de las mujeres?
Desde la psicología se está haciendo un enorme esfuerzo por demostrar que gran parte del sufrimiento femenino tiene raíces sociales, no solo personales.
Un ejemplo de ello son las propuestas de la Asociación de Mujeres para la Salud, pionera en España en desarrollar la Psicoterapia de Equidad Feminista, un modelo que evidencia cómo la socialización sexista de género es uno de los principales factores en el origen de la depresión de género, los síndromes de desigualdad y otros malestares emocionalmente aprendidos. Este enfoque, que une ciencia psicológica y conciencia feminista, parte de la idea de que el cambio terapéutico requiere también un cambio cultural: sanar no es solo aliviar síntomas, sino revisar los mandatos que nos enferman.
En la misma línea, distintas investigaciones y programas en todo el mundo refuerzan esta perspectiva. Un ejemplo es el desarrollado por el Instituto Andaluz de la Mujer y el Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Occidental, que demuestra la eficacia de la intervención grupal en mujeres víctimas de violencia de género, al centrarse en la reconstrucción de la identidad y la autonomía tras el trauma. A nivel internacional, proyectos como el del Women’s Therapy Centre de Londres, creado en los años ochenta, también se basan en una psicoterapia feminista que aborda las raíces estructurales del sufrimiento de las mujeres, integrando acompañamiento psicológico, análisis de género y trabajo comunitario.
La socialización: cómo aprendemos a ser mujeres
La socialización es el proceso a través del cual aprendemos, casi sin darnos cuenta, cómo se espera que seamos. Desde que nacemos, absorbemos las normas, valores y comportamientos que nuestra cultura considera “adecuados”, y eso moldea la manera en que pensamos, sentimos y actuamos. No es un proceso puntual, sino algo que nos acompaña toda la vida: seguimos aprendiendo de lo que vemos, de lo que se premia y de lo que se castiga.
En el caso de las mujeres, esa socialización suele estar atravesada por mandatos de género: ser amables, cuidar de los demás, no enfadarnos, no destacar demasiado. Aprendemos a medir nuestro valor por la aprobación ajena y a vincular el amor con la entrega.
Como explica Alicia Puleo, filósofa feminista y profesora de la Universidad de Valladolid, el patriarcado no se mantiene solo mediante las leyes o la economía, sino a través de la interiorización diaria de la desigualdad. Aprendemos a ser “buenas” en lugar de libres. Ella lo describe como un proceso de domesticación simbólica, en el que la docilidad y la entrega se transforman en virtudes.
A lo largo de la historia, distintas instituciones —la medicina, la religión, la escuela o incluso la psicología tradicional— han reforzado esta idea. En Por su propio bien, Barbara Ehrenreich y Deirdre English (2010) mostraron cómo durante más de un siglo se enseñó a las mujeres, desde una supuesta autoridad experta, a vivir, criar, amar y sufrir “por su propio bien”. Por eso, muchos de los sentimientos de culpa, sobrecarga o autoexigencia que tantas mujeres sentimos no son fallos personales, sino el resultado de una cultura que ha hecho del sacrificio femenino una forma de virtud.
¿Cómo impacta esto en nuestras vidas?
Laura, 42 años, madre de dos hijos, llega a consulta agotada. Su frase inicial resume un sentir compartido:
“Siento que no estoy haciendo nada bien. En el trabajo me exigen más, en casa no llego, y cuando intento descansar, me siento culpable. No sé qué me pasa.”
Lo que “le pasa” a Laura tiene mucho que ver con cómo ha sido educada. Desde pequeña escuchó que las buenas hijas ayudan, que las buenas madres no se quejan, que las mujeres valiosas son aquellas que pueden con todo. Hoy, cuando intenta poner un límite o decir que no, su mente le lanza pensamientos automáticos: “Estoy fallando”, “debería esforzarme más”, “no tengo derecho a sentirme así”.
Desde la terapia, empezamos a mirar ese discurso interno con lupa. ¿De dónde viene esa voz que exige tanto? ¿A quién pertenece realmente?
Al comprender que ese diálogo interior es una herencia social, no una verdad personal, Laura puede empezar a liberarse de la culpa.
Pensamientos, emociones y cuerpo: un mismo lenguaje
La psicología cognitivo-conductual explica que nuestros pensamientos, emociones y conductas están profundamente conectados. No son tres partes separadas, sino un sistema que se retroalimenta. Lo que pensamos influye en cómo nos sentimos, y cómo nos sentimos condiciona lo que hacemos. A su vez, nuestras acciones pueden reforzar —o cuestionar— esos pensamientos iniciales.
Por ejemplo, si una mujer interioriza la idea de que “debe poder con todo”, cada vez que se sienta cansada o frustrada aparecerá el pensamiento automático “estoy fallando”. Ese pensamiento genera culpa o ansiedad, y esas emociones la llevan a esforzarse aún más o a no pedir ayuda, confirmando así la creencia de que “tiene que poder”. Es un círculo que se repite hasta que se hace invisible.
En muchas mujeres, estos pensamientos automáticos están teñidos de mandatos culturales: “no molestes”, “sé fuerte”, “no te quejes”, “agradece lo que tienes”. Y cuando estos mensajes se repiten durante años, el cuerpo también empieza a hablar. La tensión muscular, los dolores digestivos, el nudo en el pecho o el cansancio permanente no son signos de debilidad, sino el reflejo físico de una sobrecarga emocional sostenida.
Como señalaba Gayle Rubin (1984), el sistema sexo-género no solo asigna roles, sino que también organiza las emociones, el deseo y la forma en que interpretamos el sufrimiento. Entender esta conexión entre pensamiento, emoción y conducta nos permite ver que no estamos “locas” ni “rotas”: simplemente, estamos respondiendo a un aprendizaje social que puede desaprenderse. Reconocerlo es el primer paso para salir del automatismo y empezar a elegir una forma de pensar —y de vivir— más amable con nosotras mismas.
Sanar como acto de resistencia
Sanar también es aprender a romper el círculo que une pensamiento, emoción y conducta, y por suerte el amplio recorrido de la psicología, especialmente aquella que se ha centrado en la atención al malestar femenino, es una buena aliada. No se trata de forzarnos a pensar “en positivo”, sino de mirar con profundidad nuestra historia y reconocer de dónde vienen esas voces que nos exigen tanto. Cada una de nosotras ha sido moldeada por una combinación de experiencias personales, familiares y culturales que nos han enseñado qué sentir, qué ocultar y qué callar. Comprender ese recorrido no es quedarnos ancladas en el pasado, sino entender cómo el contexto social se metió dentro de nosotras.
Cuando una mujer empieza a ver su historia desde esa mirada amplia, el discurso interno cambia. Lo que antes sonaba a crítica se convierte en comprensión. Por ejemplo, una mujer que se culpa por no llegar a todo puede empezar a preguntarse de dónde viene esa idea de que “una buena mujer no se cansa”. Tal vez la escuchó en casa, en el colegio o en cada anuncio que mostraba madres sonrientes sosteniéndolo todo sin esfuerzo. Al identificar ese mensaje como algo aprendido —y no como una verdad sobre sí misma— se abre la posibilidad de pensar de otro modo. Y al cambiar el pensamiento, la emoción también se transforma: la culpa empieza a dejar espacio a la ternura y a la calma.
Este proceso también implica modificar conductas. Si durante años hemos reaccionado diciendo “sí” a todo o postergando el descanso, revertirlo requiere práctica. Cada vez que una mujer se permite decir “no”, descansar sin justificarse o pedir ayuda, está desafiando el aprendizaje que la mantenía atrapada en el sobreesfuerzo. Son pequeños actos que, con el tiempo, consolidan una nueva forma de relacionarse con una misma y con los demás.
Y, por último, sanar pasa por reconocer y comprender las emociones en lugar de luchar contra ellas. La tristeza, el enfado o el miedo no son enemigos; son señales que nos ayudan a entender lo que necesitamos. Cuando aprendemos a escucharlas sin juzgarlas, dejan de ser amenazas y se convierten en aliadas. En el fondo, la terapia y el autocuidado feminista buscan eso: poder sentir sin culpa y actuar desde la conciencia, no desde la exigencia.
Sanar es, en definitiva, un acto de resistencia porque supone desmontar un sistema entero que nos enseñó a aguantarnos. Es elegir mirarnos con respeto, cuidarnos sin permiso y escribir una historia distinta. Una historia donde el bienestar no se confunde con el sacrificio, y donde amarse a una misma deja de ser un lujo para convertirse en una forma de justicia.
Te dejamos un recurso que puede ser útil para comenzar a explorar tu malestar:
Para seguir leyendo
- Asociación de Mujeres para la Salud (AMS). (s.f.). La Psicoterapia de Equidad Feminista. Recuperado de mujeresparalasalud.org
- Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F. y Emery, G. (1979). Cognitive Therapy of Depression. New York: Guilford Press.
- Puleo, A. (1992). Patriarcado, poder y filosofía.
- Rubin, G. (1984). Repensando el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad.
- Crenshaw, K. (1991). Cartografiando los márgenes: interseccionalidad, políticas identitarias y violencia contra las mujeres de color.
- Osborne, R. (2008). La violencia de los modelos de género. Madrid: Cátedra.
- Women’s Therapy Centre (Londres). (s.f.). Feminist therapy and collective approaches to women’s mental health. Londres, Reino Unido. Recuperado de womenstherapycentre.co.uk
